ELISA K

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El pensamiento literario y sus aplicaciones.

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Novela reportaje sobre el narco, la guerra y la paz.

Elisa KELISA K
Adaptación cinematográfica de la novela Elisa Kiseljak.

CATALÀ - Empúries, 2010.
CASTELLANO - Anagrama, 2010
Portada: Irene Bosch
Traducción al castellano: Anna Carreras y Tània Juste

Inicio del prólogo:
Este libro está originalmente escrito una lengua pequeña, celosamente protegida y querida por la mayoría de sus hablantes como si fuera un objeto precioso. La lengua con la que aprendí a hablar y que todavía uso hoy para mecerme, acompasadamente, en mi pasado, los lugares de mi infancia, mis muertos. Una lengua que convive siempre, en cualquier territorio donde se hable, con otras lenguas: el español, el italiano o el francés. Y que tiene acentos, variantes y dialectos diversos que nosotros sabemos reconocer como si fueran rabiosamente distintos pero que de lejos podrían parecer todos iguales. Este libro está originalmente en una lengua que guarda con orgullo y con afecto la semilla en la que todavía late el latín vivo más antiguo de Europa. La lengua en la que no consigo encontrar el primer vocablo que aprenden los niños. La lengua que tiene sinónimo para el ser pero carece del uso del verbo amar. Una lengua que se columpia entre el lenguaje común y el lenguaje culto. Que tiene licencia para decir cosas que no podemos escribir y cuyos hablantes nos maravillamos siempre cuando encontramos palabras que desconocemos. La lengua de la que hablamos cuando hablamos de nosotros. Y la lengua que yo, también, aprecio como si fuera un objeto íntimo y precioso.


Y sin embargo esta lengua nuestra se confunde a menudo con acciones y deseos que no hablan de lenguas, de mecedoras, de muertos, de manos ni de territorios. Y por eso, en ocasiones, nos piden que la expliquemos como si debiéramos utilizarla siempre, utilizarnos siempre, para hablar de cosas repetidas e íntimas y familiares que se alejan de la pasión literaria, la curiosidad en la escritura, las lecturas. Como si fuese necesario decir, una y otra vez, quiénes somos, cómo nos sentimos, dónde estamos. Pero ésta es una petición absurda. Porque nuestra lengua no es un globo aerostático con el que alejarnos de todo para protegernos, diferenciarnos, definirnos ni convertirnos en una sola cosa vista desde un punto inaudito del espacio. Sino que es un cedazo hecho con venas y laberintos y ritmos y pasiones y tensiones distintas que guardan en su entraña literaria una de las escrituras europeas más desconocidas fuera de su territorio. Una literatura que permanece oculta, silenciosa y apenas traducida. Una tradición antigua y firme que plantó sus raíces en las raíces de toda Europa y que a medida que se nos acerca suena como sonarían las voces extinguidas de Francesc Trabal, Víctor Català y Llorenç Villalonga. Porque la nuestra es una lengua que se hila y en la que todavía sabemos reconocernos. Y porque aún hoy, leyéndonos, podemos sospechar qué otras cosas hemos leído. Quiénes somos en este árbol literario en el que nos encontramos todos. Y aquí, en esta continuidad que yo heredé y que comencé a tejer con las leyendas que me contaba mi abuelo Jaume o los libros que compartía con mi padre, las ediciones de Pere Calders que había en mi casa, las poesías que leía con Oriol Pons de Vall y los volúmenes de infancia que me compraba mi madre, de algún modo, podrían converger infinidad de nombres que ahora ya son nubes y que tienen debajo un mundo literario que habité. Y que no obstante: no es el mundo en el que, literariamente, crecí.
Porque cuando elegí dedicarme con orden y disciplina a la escritura y la lectura, yo vivía a miles de kilómetros de aquí. Y cuando más tarde regresé a Catalunya, ya tenía 34 años y busqué en mi generación y la generación que me precedía como si estuviera aprendiendo a leer. Sin saber quiénes eran los autores a los que descubría ni qué habían hecho. Con tantísima libertad como tendría si mañana decidiera trasladarme a algún lugar del que no sé nada y quisiera saber qué literatura se está haciendo ahí. Con la misma inercia un poco ingenua. Y aún así, buscando lo que quería leer entre las cosas que se escribían en lengua catalana, me regresaron otras muchas cosas que ya había leído antes y pude volver de nuevo, volver leyendo, a casa. O a esta casa catalana que es una de mis muchas casas. Uno de mis muchos mundos. Una de los espacios literarios que está cubierto por nubes que cobijan con nostalgia la lengua con la que nací. Mi mecedora, los lugares de mi infancia, mis muertos.
Y esa oportunidad, única para una lectora, de aterrizar de nuevo encima de mí, me provocó una curiosidad literaria, insólita y sorprendente, que consideré un regalo inesperado: la posibilidad de aprender a leer de nuevo. Sin prejuicios. Sin culpabilidad por no conocer bastante, sin nostalgia por no formar parte de una tradición lectora que me era propia y sin ningún impedimiento artístico que me impidiera buscarme entre las voces de los otros. Al contrario: con una curiosidad que me convirtió en la lectora dispersa de literatura catalana que todavía soy hoy y que me sigue gustando ser.